Una mudanza altera de golpe todos los puntos de referencia de una mascota: los olores, la disposición de los muebles y las rutinas diarias cambian a la vez, y eso puede generar más estrés del que parece a simple vista, sobre todo en gatos, más apegados al territorio que los perros.
Antes del día de la mudanza, mantener los objetos con el olor habitual de la mascota (su cama, una manta, juguetes ya usados) sin lavar durante esos días ayuda a que reconozca algo familiar en medio del caos de cajas y cambios. No es el mejor momento para estrenar accesorios nuevos: mejor esperar a que la mascota se haya asentado en la casa nueva.
El día del traslado en sí, mantener a la mascota en una habitación cerrada con la puerta señalizada, o directamente en un transportín con sus objetos habituales dentro, evita que se escape entre el trajín de puertas abiertas y personas entrando y saliendo con cajas, uno de los momentos de mayor riesgo de fuga durante una mudanza.
Para el propio traslado, especialmente si es en coche y a cierta distancia, conviene revisar los mismos criterios de seguridad que en cualquier viaje: un buen transportín bien sujeto, sin dar de comer justo antes de salir y con paradas si el trayecto es largo.
Ya en la casa nueva, es mejor dejar que la mascota explore poco a poco, habitación por habitación, en lugar de darle acceso libre a toda la casa desde el primer momento. Mantener los horarios de comida, paseo y descanso lo más parecidos posible a los de antes de la mudanza ayuda a que recupere la sensación de normalidad más rápido.